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Nueva York. Como puede suponerse, las celebraciones para honrar la memoria del célebre director de orquesta, educador, escritor, pianista y compositor estadunidense arrancan precisamente aquí, con emisiones radiales, conciertos con la New York Philharmonic y con la edición de libros sobre su figura y su obra. Huelga decir que Bernstein está considerado como un ícono en la cultura norteamericana y que su legado merece las recordaciones en acto y la intensa actividad que se ha organizado con meses de antelación. Como dato de interés, Bernstein mantuvo una relación estrecha con México ‒allende lo previsible‒ y de ahí partimos para justificar la escritura de este texto.

Mas comencemos trazando los rasgos principales de su biografía. Bernstein, sin lugar a dudas, fue el primer director de orquesta norteamericano en alcanzar fama internacional y fue titular de la filarmónica de esta urbe durante cuatro décadas, proeza de enorme relevancia dada la calidad musical ‒está considerada como la preeminente de la Unión Americana‒ y el grado de excelencia que sus miembros le demandan a quien osa dirigirlos. Muchos críticos escribieron que fue el talento más prodigioso nacido en los Estados Unidos de América después de George Gershwin. Con respecto a las condecoraciones, nominaciones y grados honoríficos de los que fue acreedor, bástenos con mencionar los más importantes, ya que son el reflejo nítido de su prominencia: Caballero de la Gran Cruz de la Orden al Mérito, tanto de la república italiana, como de la república federal alemana, medalla de oro por los servicios prestados a la república de Austria, miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, ganador de dos premios Grammy (el anual y el de la trayectoria artística), del premio Kennedy, de la medalla de oro de la Royal Philharmonic Society del Reino Unido y del premio Léonie Sonning de Dinamarca.

Sobre sus años de formación, hemos de apuntar que no fueron muy tersos, pues su padre, un comerciante judío nacido en Rusia y afincado en la pequeña ciudad de Lawrence, Massachusetts, no estaba de acuerdo en que se dedicara a la música. En sus vislumbres, debía hacerse cargo de la tienda de artículos para el cabello que les daba para vivir. No obstante, Leonard encontró la complicidad de su hermano mayor quien lo llevaba a todos los conciertos que se ofrecían en la ciudad. Asimismo, jugó a su favor el hecho de que a su hermana se le impartían clases de piano con el instrumento que una parienta había cedido a un precio irrisorio. Con el beneplácito de la Sra. Bernstein, al pequeño Lenny ‒su nombre original era Louis, pero a los 15 años lo trocó oficialmente por el híper conocido‒ se le permitió que también recibiera lecciones de piano y, de inmediato se hizo evidente que poseía capacidades fuera de serie. Un oído absoluto y una memoria sobrehumana eran sólo la base de la que partiría, ya que la pasión por la música y la disciplina serían los ingredientes extra que harían la diferencia; aunque tampoco sería de excluir su intenso amor por la cultura y las artes en general.

Conforme se devoraba los libros de la literatura para piano, fue inscrito en la Boston Latin School, donde concluyó la preparatoria con las mejores calificaciones. En esos años encontró un placer enorme en tocar a cuatro manos con su hermana todas las sinfonías de Beethoven en reducciones para piano que, a menudo, él mismo preparaba. Llegado el tiempo de elegir universidad, la cerrazón paterna fue doblegada y Lenny fue aceptado en Harvard, donde naturalmente se enroló en la carrera musical. Por su brillante examen de admisión le fue concedida una beca completa y tuvo la suerte de volverse alumno de un renombrado profesor de estética, de quien heredaría un enfoque multidisciplinario para acercarse a las expresiones artísticas. Durante su estancia universitaria avino el primer experimento concreto como compositor y del éxito del mismo surgiría la motivación para seguir componiendo a despecho de la carencia de tiempo. Lo que coligió fue la musicalización de una obra de Aristófanes en griego. También en Harvard fungió como pianista acompañante del afamado coro Glee Club y conoció a Aaron Copland, quien sería su principal mentor en la composición.

Una vez concluidos con mención honorífica los estudios en Harvard, Bernstein decidió probar fortuna en el selecto y exclusivo Curtis Music Institute de Philadelphia, lugar de privilegio donde sólo se admite a las mayores promesas que el planeta ofrece. De igual forma, sus capacidades fueron reconocidas y logró su aceptación como estudiante de dirección de orquesta del tiránico director húngaro Fritz Reiner. Como dato anecdótico Reiner se jactaba de jamás haberle concedido un 10 cerrado a ningún alumno, sin embargo, con Bernstein tuvo que desdecirse.

Cuando estuvo listo para iniciar su carrera profesional tuvo la suerte de ser nombrado asistente de Sergei Kousevitzky con la Sinfónica de Boston y de ahí pasaría poco tiempo para que aviniera su designación en Nueva York. Debemos en este punto hacer una aclaración pertinente sobre la manera en que, antaño, los nombramientos tenían lugar. Desde sus años en Harvard, Bernstein ejerció su homosexualidad con los principales mentores con los que se relacionó (fue el caso de Copland, por ejemplo), sin embargo, era impensable entonces ‒en los 40s‒ que la titularidad de una gran orquesta se le concediera a un “gay” declarado. En gran medida, por ello se decidió en 1951 a contraer matrimonio con una actriz chilena, echando a andar una vida familiar con tres hijos. Podemos imaginarnos que la bisexualidad no era del todo innata, así que la imagen pública de padre ejemplar no tardaría en desgajarse. Al cabo de largos y extenuantes años de esa “doble” vida ‒ciertamente había un nexo amoroso en el matrimonio‒, Bernstein abandonó el hogar para irse a vivir con un amante masculino que lo cautivó al punto de renegar de su forzada bisexualidad.

Tocante a su figura de estrella internacional, tendríamos que anotar que lo llevó a dirigir a las mejores orquestas del mundo ‒memorable fue su colaboración con la filarmónica de Viena‒ y a firmar contratos con las disqueras más poderosas. También es de nota su decidida participación como educador ya que en varias ocasiones elaboró programas de televisión para hacer una macro divulgación de la música de concierto. Con la cadena CBS mandó al aire 53 emisiones que siguen siendo de actualidad. Cabe decir que esos programas rompieron record de audiencia y que se mantuvieron al aire catorce años ininterrumpidos (de 1958 a 1972). De la faceta de compositor, a veces marginal pero siempre intensa, habría que puntualizar que se expandió en todos los géneros, desde la música sinfónica ‒con 3 sinfonías‒ y el teatro ‒su musical West Side Story arrasó con las previsiones de notoriedad‒, hasta la música de cámara y la sacra. De esta última son de mencionar su Missa Brevis y sus Salmos de Chichester.

Mas abordando lo predicho, la relación de Bernstein con nuestro país tuvo ápices de verdadera pasión. Para empezar, fue el lugar que consideró idóneo para tratar de enamorarse de su mujer, llevándola de luna de miel a Cuernavaca. Tal viaje, además, debía fungir como un detonador de su interés por la cultura mexicana, cultura que siempre lo había atraído (no fue casual que en su debut en 1943 como director en Nueva York escogiera una obra de Silvestre Revueltas ‒el Homenaje a García Lorca‒). Desde los Ángeles viajó en coche para atravesar la república y quedarse, todo el tiempo que fuera necesario, en la ciudad de la eterna primavera. En el paraíso morelense concibió ‒imaginamos que de muy buen grado al estar rodeado de la exuberancia de la vegetación y los ánimos‒ tanto a su primer hijo como su primera ópera (Trouble en Tahití).[1]

También en 1951 se presentó como director huésped de la Sinfónica Nacional en el Palacio de las Bellas Artes interpretando la Sinfonía India de Carlos Chávez y el estreno mexicano de su sinfonía Jeremiah. Pero el involucramiento mayor con el repertorio mexicano arrancaría en 1958 con la gira latinoamericana de la New York Philharmonic para la cual escogió varias obras de Revueltas y Chávez. Ya en la década de los sesentas grabó comercialmente Sensemayá de Revueltas y tres sinfonías de Chávez (la primera, la cuarta y la sexta). Para acabar de recordarlo, citemos una de sus declaraciones: “Que nuestra respuesta a la violencia sea hacer música con más intensidad, con mayor belleza y con más devoción de la que nunca se haya hecho…”

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