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Teniendo como base las tortillas, de contenidos variados y aderezados con una gran variedad de salsas, los tacos son sin duda alguna un símbolo de identidad de los mexic

En la historia más “reciente” de la Zona de Monumentos Arqueológicos de Chichén Itzá hay una serie de acontecimientos muy peculiares e interesantes, uno de ellos

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Acabé de leer hace un par de días  la novela de Marta Sanz «pequeñas mujeres rojas» (Barcelona, Anagrama, 2020). Y todavía lo estoy digiriendo. En un doble sentido. Primero, por su contenido, que es muy duro. Y luego, por el estilo narrativo, que me ha parecido complejo. Y no por ello le quito mérito, sino todo lo contrario. Para aclararlo me iré extendiendo a lo largo de las líneas que siguen.

Sobre su título no es un error mío que empiece con una palabra minúscula, sino una decisión de la autora. La novela trata de pequeñas historias, incluida la principal y su protagonista: Paula Quiñones. Haberlo hecho así es una forma de enfatizar, pero sin minusvalorar: «Quería una mujer que saliera del estereotipo de belleza canónica, con torceduras e imperfecciones. Comprometida, inteligente, con sentido cívico, que sabe de números, pero que cuando se enamora se convierte en frágil, vulnerable y pequeña, de ahí la pe minúscula del título, que invita a que la literatura sea un espacio travieso y transgresor» (1), ha declarado la autora en una entrevista.

Todo se desarrolla en un pueblo -ficticio- de la meseta castellana, llamado Azafrán y al que alguien ha modificado su nombre en uno de los carteles mediante una pintada para quedarse en Azufrón. Una alteración intencionada, porque la atmósfera que se respira en todo momento es la del azufre. La de un infierno en la Tierra. El de las muertes -asesinatos- acaecidas hace más de siete décadas y las miserias (delaciones, robos, traiciones, amores prohibidos, odios…) de quienes las perpetraron. El infierno del recuerdo que se quiso enterrar, como también se enterró anónimamente a las víctimas, pero que acaba aflorando. Y el infierno ocasionado tras el descubrimiento por Paula, una mujer adulta, desengañada en su vida personal (y que por ello intenta olvidar) y colaboradora ocasional en un proyecto de memoria histórica, que se topa con  las claves para entender lo ocurrido: «A todos nos convenía. Hasta que llegaron los remordimientos del inútil de Samuel. El cuadernito. La coja» (p.  248). 

Todo ello en una tierra donde la Guerra Civil no lo fue como tal, porque en ella no hubo ningún frente ni ninguna batallas. Sólo, horror y terror. Azafrán/Azufrón, convertido en un microcosmos del ayer y del hoy. Y como eje del relato, una familia, la Beato, con su patriarca centenario, Jesús, antiguo barbero-peluquero, que fue primero un delator y luego acabó aprovechándose del momento para amasar una fortuna a costa de sus víctimas, a las que envió a la fosa, la locura o la humillación de por vida. La misma familia donde, azares del destino, fue a parar Paula cuando se alojó en el hotel mugriento que les pertenecía y que acabó siendo el escenario de su mortal perdición.

Me costó dar con las claves narrativas y confieso que me ha ayudado la búsqueda insistente que he llevado a cabo por la red. Hay tres partes en la novela, no separadas físicamente, sino entrelazadas, y en cada una hay, a su vez, narradoras diferentes (2). Una es la propia Paula, que desde que llega al pueblo envía cartas a la que fue su suegra, Luz, y en las que le va contando lo que hace y percibe. Otras son las víctimas del 36, que gritan a su manera desde el más allá del recuerdo. Y la tercera es la propia Luz, que va reinterpretando lo que le contó Paula en sus misivas y lo que va descubriendo tras su muerte -asesinato, otra vez-, leyendo y escuchando a testigos.

Estamos, en primer lugar, ante una reivindicación de la memoria, cercenada durante décadas y todavía motivo de polémica, especialmente desde quienes fueron responsables -culpables- de lo ocurrido. La autora aclara al final que los hechos narrados son «fruto de una fantasía» y que los personajes «nacen por completo de mi imaginación». Pero añade que «recrean muy libremente los sucesos acaecidos en torno a la fosa de Milagros», un pueblo de la comarca de Aranda de Duero, al sur de la provincia de Burgos, donde en 2009  se exhumaron los cuerpos de 45 personas (3).

Y estamos también ante una denuncia de la violencia a la que se han visto sometidas la mujeres a lo largo del tiempo. Ayer y hoy. Durante la guerra y la postguerra, y en nuestros días. La que sufrió, por ejemplo, Julita Melgar, una de las víctimas del patriarca de la familia Beato, «que representa a aquellas mujeres que a lo largo de la historia, por su imaginación, afán de libertad, excentricidad, curiosidad erótica, por querer ser peonas camioneras o cantantes, han sido encerradas en el baúl de las locas» (4). O la violencia que se llevó por delante la vida de esa Paula «comprometida, inteligente, con sentido cívico…». Y que acabó atrapada como un animal en un artefacto que «dispone de un sistema de blocaje rápido que permite inmovilizar[lo]» (p. 248).

Y ya para acabar, dos cosas. La primera, una deuda pendiente que intentaré resarcir cuando tenga ocasión: me he quedado con las ganas de leer de la autora el poema en prosa «Huesos», incluido dentro del poemario Vintage (Bartleby, 2013). Es el origen literario de los fantasmas que aparecen en la novela: «Es verano. A lo lejos se escuchan el chapoteo y los gritos de la piscina municipal. Huele a cochiquera y a cloro. Una mujer baja de un coche. Viene a desenterrar huesos». 

Y la segunda, el final de novela, antes de los Agradecimientos finales, que acaba de esta manera: «Ahora cogemos aire. Nos recuperamos. Quedamos atentas. Empiezan malos tiempos para las que son como nosotras y sabemos, por esta historia y otras que no aún no han sido contadas, que ni los ángeles custodios ni los mujeres mártires resultan eficaces en las tareas de protección paranormal».

Una novela, en fin, que resulta inquietante por lo que cuenta e interesante, por cómo lo hace.

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